Buenos Aires cada día

Cuando abre los ojos siente el cuerpo casi enseguida, por acto reflejo. Se sorprende al despertar tan de golpe, pero no tarda más de dos segundos en enviar al cerebro la orden y ésta regresa en formato “acción”, se levanta de la cama.

El frío del piso cala desde el pie hasta la cabeza, todos y cada uno de los huesos. El invierno pega duro, y él sabe que aunque desea seguir entre las mantas, debe moverse.
Camino al baño agarra las toallas y se asegura que el calefón esté al máximo. La ducha no es muy larga, lo suficiente para despertar por segunda vez.

Frente al espejo prueba algunos atuendos, se queda con el más cómodo, con el más común y corriente. Como él. Lisos y grises, nada extravagante, nada para llamar la atención.

Busca sus cosas, y empieza a hacer trabajo de oruga, se envuelve con saco, bufanda, guantes y sombrero. Se envuelve y sale, porque quizás hoy con suerte tropiece con la dama de sus sueños. Aunque ya casi nunca sueña.

Emprende el camino que le tomará un poco más de una hora. El viaje se hace eterno, rutinario, monótono los lunes. Y ya los viernes se torna elocuente, cuasi divertido, necesario.

Puede observar desde arriba del taxi el frío que hace afuera, también lo sintió al cruzar la puerta del edificio. Lo ve en los ojos de los chicos que en la esquina limpian los vidrios, y a los que el taxista agradece con una moneda, mínima.

Unas cuadras más y estará sacando el boleto a la ciudad, porque está en la ciudad, pero se dirige a la otra, a la más grande, algo monstruosa, casi siempre con deseada. Como esa dama, que antes soñaba, que ahora ya no aparece ni en la resaca de domingo.

El colectivo tiene calefacción y dicho sea de paso lo invita a apoyar la cabeza en sus no cómodos, pero útiles asientos, él se niega. Contemplar el paisaje a veces le duele porque piensa, y ese proceso tan común de los seres a él lo atormenta.

Al costado de la autopista observa las villas miseria. Miseria en el país y él sin hacer nada, arriba del colectivo, rumbo a su trabajo.

La radio que escucha el colectivero informa el tiempo, el estado del tránsito, lo de siempre. Él se entretiene leyendo el diario, ese barato, de cincuenta centavos, que le compró al muchacho ese que tiene cara de extranjero, que no se sabe de dónde vino, pero que tampoco se sabe adónde irá.

Si él pudiera salirse del camino, lo haría. Pero no puede, no se mueve. Lleva 45 minutos de viaje ininterrumpido y piensa que quizá baje del bus y a la vuelta de la esquina, sin prestar atención, esté mirando una vidriera ella, la dama de sus sueños.

El hombre común, él, sigue pensando, imaginando. Sus ojos se cierran y mantiene el diario entre sus manos.

Despierta en pleno centro de la ciudad. Baja en la parada de todos los días, porque eso hace todos los días. Camina unas cuadras hasta su trabajo, ansioso, mira las vidrieras, no apura el paso, disfruta el paisaje, ese otro paisaje.

Se enfrenta con un par de oficinistas, tropieza con una baldosa rota, frena en el kiosco de diarios y revistas, pregunta la hora, se olvida que tiene reloj.

Está a apenas unos metros de la entrada de la oficina. Lleva el corazón en la mano pero nadie lo ve. Abre grandes los ojos, pero no ve. Empuja la puerta de vidrio y deja salir a una mujer. Entra a la oficina. No vio. Y ya no volverá a ver.

Se saca el abrigo, se prepara un café, se sienta en su escritorio, enciende la computadora.

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Un pensamiento en “Buenos Aires cada día

  1. Comienzo por declarar que esta reseña merece unas líneas más, en las cuales se relate lo mejor que le puede pasar en el viaje a este señor… “Ya no creo en el azar. Nada, más todo esto tenía que pasar!” (mirá si no te quedré, que he llegado a este extremo de citar esto que cito, je!)

    Tan vecinos y tan lejos de ese “otro mundo tan cercano”. Un mundo tan intrincado como aquella certera letra que dice: “Buenos Aires, sacate el diablo de tu corazón. Porque aquí y en todas partes hay… pibes en el balcón, también hay pibes en un cajón. Y hay mucha rabia suelta y angustia nena. Y hay mucha, mucha desesperación. Laputamadrequelosremilparió. Por qué nos cuesta tanto el amor!”
    Procurando que las excepciones sean mayoría, busqué algunas palabras que permitan ¿quién sabe? decir ¿qué cosa?, una vez más en la noche, que me encuentra como la quimera que me hace meditar mi existencia y desata algún que otro sentimiento… Es entonces donde comienzo a llenar la hoja en blanco y descubro que las cosas menos terrenales se dejan transformar. Eso, en este apreciado oficio de tener que buscarle verbos a los sustantivos, ja!

    Acá va un link donde Podeti cuenta lo que le pasa cuando tiene que enfrentarse a la hoja en blanco y arrancar… me acordé de vos leyéndolo y pensé que quizás tenga muchos puntos en común con aquello que te pasa diariamente…
    http://weblogs.clarin.com/podeti/archives/073161.php Pasa y vea! Besos niña!

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